El sábado 17 de septiembre fue el día en que cuatro valientes se decidieron a llegar en bici hasta el mismísimo fin del mundo y llegar a comer allí a las 17:47. Pues esto hicimos. Es evidente que a aquellas alturas del año, después del veranito, no estábamos del todo preparados para eso. Así que no partimos desde Santiago, sino desde un pueblo cercano a Fisterra. Por la mañana fuimos a un asilo a hacer compañía a los ancianos y a echar una mano a las monjas que los cuidan.

A la hora de partir en furgoneta  hacia dicho pueblo y algunos decidieron retirarse. Y quedamos cuatro. Los cuatro jinetes: Pablo, Pablo, Carlos y Jorge. Bajo un sol indiscreto, entre pinos y alcornoques,  por un camino menos llano de lo que pensábamos, hicimos nuestro camino hasta llegar a Fisterra a las 17:30. Nos hicimos las fotos de protocolo y contemplamos el mar. “Parece un lugar sagrado”, dijo alguno. Estaba conmovido por el silencio y la veneración que se respiraba en aquel lugar, donde durante tanto tiempo los hombres habían respirado el éter de la eternidad. Alguna foto esclarecerá mis palabras.

Volvimos a Santiago y continuamos con el plan tradicional, meditación, cena y Lobos.

Jimmy Writer